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Hoy no. Solo esperamos el día en que nos levantemos por la mañana, salgamos a la calle, y pensemos que hay una oportunidad para nosotros mismos y para nuestros hijos. Hoy no podemos.

Hoy tenemos pocas esperanzas de que nuestros hijos consigan un trabajo, de que puedan ver recompensado su esfuerzo, de que puedan desarrollar una actividad adecuada a sus expectativas; no podemos pensar en una recompensa justa.

Hoy solo nos dejan creer que nuestros hijos, y nosotros mismos, no debemos hacer un esfuerzo, porque ese esfuerzo no se verá recompensado con una vida mejor. No podemos pensar que si queremos tener una empresa nos ayudarán, no con subvenciones, sino con la reducción de trabas administrativas; no con protección, sino con libertad.

Hoy no podemos creer que estemos en un país donde las instituciones funcionan. No podemos tener fe en que el Estado nos protegerá, no interviniendo en cada uno de los actos de nuestra vida, personal o profesional, sino manteniendo unas instituciones limpias e imparciales, que apliquen el Derecho y no que sirvan de instrumento para el partido político del Gobierno.

Ese día es mañana. Tenemos fe en que mañana las cosas serán diferentes. En que las instituciones estarán al servicio del ciudadano, y no el ciudadano al servicio de las instituciones. En que el que más tenga sea solidario, pero que pueda sentir y disfrutar, que el esfuerzo que hizo para conseguirlo, no fue en vano. Tenemos fe en que quién tenga valor para perder, pueda disfrutar si gana. Que quién tenga valor para iniciar una carrera, no vea cómo se le pone una zancadilla a cada paso.

Pero ¿Quién hará realidad ese mañana? ¿Los mismos que hoy no han hecho nada desde que comenzó la crisis? Este Gobierno, conviene recordarlo, negó la crisis. Pero no hay que engañarse, la crisis no es la única culpable. Si alguien cree que España hoy sería un país mejor si no llega a ser por la crisis, está equivocado. Tendríamos menos paro, probablemente; también lo tendríamos si se hubieran tomado medidas. El déficit público, sería menor; también lo sería si se hubieran tomado medidas a tiempo (no habría que hacer pagar a los pensionistas). Tendríamos menos deuda; también si se hubiera actuado con más rapidez.

No piensen que se trata de dinero. Se nos ha hecho creer erróneamente, que la economía de mercado solo busca el propio beneficio; esa afirmación carece de argumentos. Quien piensa que la economía de mercado no hace nada por defender los derechos sociales de los trabajadores y de los ciudadanos, se equivoca. No hay política económica más social que aquella que permite crear riqueza; aquella que permite que con el dinero del que tiene, se pueda pagar el médico o la carretera o los servicios públicos esenciales del que no tiene, pero que a la vez permita al que lo ha conseguido disfrutar del fruto de su esfuerzo. Lo dice nuestra propia Constitución, la misma que consagra el Estado Social.

Que nadie se engañe. No se trata de mantener el estado del bienestar a costa de una economía saneada. No habrá estado del bienestar si la economía no funciona. No habrá impuestos para redistribuir si todos dependemos de esos impuestos para nuestro bienestar. Porque el Estado, puede hacer mucho para que se genere riqueza, pero no genera riqueza en sí mismo.

El Estado, debe ser el padre que inculca al hijo que debe esforzarse para conseguir lo que quiere; que debe arriesgar; que si se pierde, hay que levantarse y seguir luchando. Pero también debe enseñar que hay que ayudar al prójimo, que nuestro bien, debe ser el bien del que nos rodea. Ese es el auténtico Estado del Bienestar, y no aquel en el que el Gobierno controla cada parte de la actividad humana, por privativa que esta sea, e intenta crear una ideología dominante adoctrinando al futuro, que son nuestros hijos, en valores que ellos, y solo ellos, consideran universales.

Pero ese Estado, solo podremos verlo mañana, cuando no haya un Gobierno que solo crea en la ley del mínimo esfuerzo, en la intervención, en la limitación de derechos fundamentales, en la crispación social; solo podremos volver a tener ilusión, y los que nos vean desde fuera solo volverán a tener confianza, cuando quien gobierne, no sea un grupo de vendedores de humo que utilizan la fuerza que el Estado moderno les ha dado, para mantener su propia fuerza y no para lo que les fue dado: mejorar la vida de los ciudadanos.


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